jueves, 20 de septiembre de 2007

Los centenarios y su sentido

La crisis de México, reflejo de 1810
Los centenarios y su sentido
Lorenzo Meyer

La perspectiva
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Como bien lo señalara un clásico —Benedetto Croce—, al final de cuentas toda historia es contemporánea.
En efecto, escriba sobre lo que escriba y lo haga desde la perspectiva que lo haga —desde un punto de vista conservador o progresista, desde los cánones de una escuela o de otra— el historiador siempre terminara por ser hijo, y en buena medida prisionero, de su época.
Su narrativa reflejará no sólo el carácter, biografía o enfoque personales, sino también los temas dominantes, los prejuicios, conflictos, aspiraciones o temores de su sociedad y tiempo.
Necesariamente, la celebración en puerta del centenario de la Revolución Mexicana y del bicentenario de la Independencia presentarán visiones del pasado que terminarán por ser otras tantas lecturas en conflicto del México actual.
Crisis.
Se ha dicho y con justa razón que las crisis —las guerras, las revoluciones, el fracaso y transformación de los arreglos institucionales, los cambios en los sistemas económicos, las divisiones internas, etcétera— son las madres de las historias, al menos ése ha sido el caso en la tradición occidental. Pues bien, los dos aniversarios que oficialmente se observarán en 2010 son precisamente sendas crisis nacionales que tendrán que ser conmemoradas desde la perspectiva de otra crisis: la actual.
Desde luego que la nuestra es de menor dimensión pero toca fibras muy sensibles de la sociedad, pues está caracterizada por la falta de dinamismo de la economía, la ausencia de un acuerdo político en lo esencial y el crecimiento de las diferencias materiales y culturales entre clases y regiones, entre otros indicadores.
Perspectiva.
Una de las maneras de dar sentido al presente y al futuro es reinterpretando al pasado. La pregunta de dónde estamos y a dónde vamos puede ser contestada mediante el examen de dónde venimos o más precisamente, de las opciones que se tomaron en un ayer que sigue teniendo significado hoy.
Obviamente que entre más distante sea el pasado menor su capacidad de darle sentido al presente, aunque tal capacidad nunca la pierde del todo. Sin embargo, tratándose de lo ocurrido hace apenas 100 ó 200 años y cuando México se topó con bifurcaciones llenas de posibilidades, el pasado está absolutamente cargado de significados, y desentrañarlos es o debiera ser el gran reto de los encargados de interpretar los mensajes que ese pasado nos está enviando.
El bicentenario.
El arranque de la independencia que se celebrará en tres años es realmente el inicio de una gran revuelta racial en el centro geográfico y económico de la Nueva España, la “joya de la Corona” del imperio español en América. En su origen, la sublevación encabezada por Miguel Hidalgo y un puñado de criollos no se presentó como un reclamo de independencia, pese a que ya había en América dos ejemplos muy claros en ese sentido: Estados Unidos y Haití.
Los líderes rebeldes simplemente atacaron al “mal gobierno” pero no al régimen imperial. En el inicio, Hidalgo y los suyos tampoco habían considerado invitar a las clases populares y mayoritarias —indios y mestizos— a su movimiento. La decisión de recurrir al pueblo fue una reacción al descubrimiento de su conspiración, una planeada originalmente sólo por y para la élite criolla provinciana que buscaba la revancha contra el golpe dado por los propietarios españoles en 1808, ése encabezado por Gabriel de Yermo, quien buscó impedir que la prisión de Fernando VII en Francia fuera el disparador en México de un cambio en la correlación de fuerzas entre peninsulares y criollos.
Finalmente, en tanto un intento violento por modificar la estructura del poder político, a corto plazo, la empresa de Hidalgo fue un fracaso: sus líderes fueron ejecutados, las clases subordinadas fueron brutalmente castigadas y la economía minera —centro de la prosperidad colonial— entró a un proceso de declive que sólo se revertiría 80 años más tarde.
Así pues, desde el hoy y aquí lo históricamente significativo es, entre otras cosas, lo inesperado, anárquico y brutal del levantamiento de masas en El Bajío de 1810 contra la minoría blanca de propietarios y gobernantes que les había explotado por siglos.
Un levantamiento cuyo líder no confesó de entrada a sus entusiastas seguidores cuál era su auténtico objetivo, uno de clase propiciado por la división y lucha entre los dominadores —Hidalgo representaba a una parte de la Iglesia mientras Abad y Queipo a la otra, Allende representaba a una parte de los militares y Calleja a la otra— y por la crisis de la estructura del sistema internacional de dominación originada en la Revolución Francesa y en el éxito militar inicial de Napoleón.
La revolución.
Inmediatamente después de que la dictadura de Porfirio Díaz cerró con broche de oro su bien programado festejo del primer centenario de la independencia, estalló la rebelión política encabezada por Francisco I. Madero, rebelión que desembocaría en un cambio de régimen.
¿Qué es lo políticamente significativo para el México de hoy de esa crisis que se inició hace casi un siglo? Sin pretender que sea una lista exhaustiva, la respuesta puede incluir los siguientes puntos.
En primer lugar, la unidad disfuncional de la unión del gran poder económico y el político, pues el Porfiriato es un ejemplo de libro de texto de lo que es un gobierno oligárquico. Luego, el enorme riesgo que implica tener una clase política despegada y ajena a las formas de vida y demandas de una mayoría que ya no sentía ninguna identidad ni lealtad hacia el entramado institucional.
El Congreso no representaba a nadie fuera de sí mismo, los gobernadores no eran otra cosa que dictadores locales y los medios de comunicación —la gran prensa encabezada por el mal llamado “El Imparcial”— estaban enteramente subordinados a los intereses del poder político y económico.
El uso del poder despegado en extremo de los intereses de la mayoría desembocó en una estructura social deforme, monstruosa, tal y como la describió en su momento Andrés Molina Enríquez. La inutilidad de los procedimientos electorales, su falta de legitimidad producto de su obvia manipulación por la minoría poderosa, permitió que un representante de las clases propietarias que había sido marginado políticamente (Madero) encontrara seguidores en unas clases medias estranguladas por la falta de movilidad social e invitara con éxito a la rebelión de las clases populares.
Éstas terminaron por responder al llamado a la insurrección de manera no muy diferente a como lo habían hecho con Hidalgo un siglo antes, y su respuesta más contundente ya no fue en El Bajío sino en su equivalente, en las zonas con la transformación económica más acelerada: el Norte y ese emporio agroindustrial azucarero que era Morelos. No tardaron los líderes de la Revolución en traicionar su compromiso con la democracia política y por eso buscaron su legitimidad en un compromiso con la democracia social y la independencia. Sin embargo, al final, ninguno de esos dos objetivos se cumplieron y en 2000 los herederos de la revolución triunfante tuvieron que ceder, si bien parcialmente, el poder a sus antiguos críticos de derecha: los panistas.
Dilemas. Para quien hoy está a cargo del Poder Ejecutivo y del aparato burocrático federal, encabezar la conmemoración del estallido de dos rebeliones sociales no ha de ser tarea fácil. Para la derecha celebrar las destrucciones de los entramados institucionales es un contrasentido.
Porfirio Díaz, pese a que en sus orígenes fue un liberal rebelde, terminó por caminar como sobre ascuas en su esfuerzo por presentar a los héroes de la independencia como modelos políticos, de ahí la importancia que dio a la reconciliación de 1821, encabezada por alguien que cambió de chaqueta y cuya honradez no pasa ninguna prueba histórica: Iturbide.
El actual gobierno tiene, además el problema de estar obligado a rendir honores a un nuevo grupo de insurgentes: los de 1910. Para hacerlo tendrá que buscar minimizar, si no es que eliminar, ese contundente “al diablo con sus instituciones”, de Hidalgo, Madero y muchos más.
En realidad, es la oposición la que se encuentra hoy en la mejor posición para darle un significado sustantivo al bicentenario y al centenario. Después de todo, para ella los reclamos de Morelos o de Zapata y Villa siguen vigentes y los puede reinterpretar sin problemas. En conclusión, no se necesita ser adivino para suponer que en 2010 tendremos un arco iris de celebraciones e interpretaciones de dónde escoger la que más nos cuadre, y que la actual crisis de México se reflejará, y muy bien, en los espejos que nos ofrecen 1810 y 1910.— México, D.F.
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